Skip to main content

La medida de mi amor.

Stylish woman spending time in a summer field

El teatro está lleno. Las luces se encienden. El comediante sale al escenario y, en cuestión de minutos, el público estalla en carcajadas. Todos lo aman, lo aplauden, lo siguen y lo recomiendan. Pero cuando se apagan las luces y se cierra la puerta del camerino, la risa se queda afuera. Él se mira al espejo y siente un vacío que ninguna ovación puede llenar. Por fuera reparte alegría; por dentro, no soporta su propia compañía.

Algo muy parecido puede pasarnos a nosotras. En la casa, en la iglesia o en el trabajo, siempre estamos disponibles, siempre resolviendo, siempre dando. Entregamos tiempo, recursos, energía, consejo y consuelo, pero, si somos honestas, muchas veces no sabemos darnos a nosotras mismas lo que generosamente ofrecemos a los demás. Cuidamos a todos, menos a la mujer que Dios puso dentro de esta piel, y ese descuido empieza a afectar también nuestra relación con Aquel que nos creó.

La Biblia ilumina este tema con mucha claridad. Cuando Jesús resume toda la Ley, une en una misma línea el amor a Dios, al prójimo y a nosotras mismas: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente… y a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22:37‑39). Jesús no da un discurso de autoestima, pero sí presupone algo muy profundo: hay un amor hacia una misma que sirve de medida para el amor al prójimo. El cuidado que espontáneamente procuras para tu vida –alimentarte, protegerte, buscar tu bien– se convierte en referencia de cómo deberías tratar a los demás. Si te niegas un amor sano, si te tratas con desprecio o te agotas sin descanso, ¿con qué medida amarás al prójimo?

La Escritura, además, afirma tu valor. El salmista reconoce que Dios formó sus entrañas y declara que sus obras son “maravillosas” (Salmo 139:13‑14). Ahí hay una confesión clave: la propia vida es una obra intencional de Dios, digna de respeto. Amarte con un amor propio sano significa mirar esa obra y decir con humildad y reverencia: “Señor, lo que hiciste en mí tiene valor”.

Ese amor propio sano descansa sobre dos grandes verdades: fuiste creada a imagen de Dios y, en Cristo, eres una nueva criatura. Tu dignidad no nace de tu cargo, tus títulos ni tu productividad, sino de la huella de Dios en ti y de la gracia que te alcanzó. Por eso, honrar al Creador también implica honrar la vida que Él te dio: cuidar tu cuerpo, respetar tus límites, hablarte con la misma misericordia con la que consolarías a una amiga, reservar tiempo real para estar a solas con Él y permitir que su Palabra corrija no solo tus pecados visibles, sino también los patrones de autoexigencia y auto‑desprecio que te rompen por dentro. Cuando llenas la agenda de cosas “para Dios” pero nunca te das espacio para estar con Dios, cuando confundes autoexplotación con servicio, sin darte cuenta empiezas a vivir como el comediante: das mucho hacia afuera, pero no te permites recibir.

El mandamiento de amar al prójimo “como a ti misma” solo tiene sentido si existe, al menos, un amor básico hacia tu propia vida: no puedes ser referencia de amor para otros si por dentro te consideras descartable.

Tal vez tú eres esa “comediante” de la vida diaria: la que siempre tiene una sonrisa lista, una solución rápida, una palabra de ánimo… pero que, cuando se apagan las luces, se siente vacía, cansada y hasta lejos de Dios. Hoy el Padre te recuerda que no te hizo para sostener un espectáculo, sino para vivir una relación; que no te llamó a amar a todos mientras te olvidas de la mujer que puso en tus zapatos; que no quiere solo tus talentos, sino tu corazón sano, descansado y cerca de Él.

Un amor propio sano no te pone en el centro como ídolo; más bien te quita del centro para que Dios lo ocupe y, desde ahí, te enseña a tratarte como Él te trata: como hija amada, obra suya, mujer con propósito en sus manos. Quizá el primer gesto de amor propio que Él te pide hoy es bajar del escenario, cerrar la puerta, respirar hondo y decirle: “Señor, quiero aprender a verme como Tú me ves. Quiero amarme como obra tuya, para poder amar a otros sin perderme en el camino”.

En Alas de Fe deseamos animarte a mirar tu vida con los mismos ojos con que Dios la mira. Después de esa oración, elige un gesto concreto de amor propio sano —poner un límite, agendar un tiempo a solas con Él, descansar sin culpa, pedir ayuda— y hazlo como un acto de obediencia, no de egoísmo. Cuando una mujer se deja amar por Dios y aprende a amarse como obra suya, el amor que da a su familia, a su trabajo y a su comunidad deja de ser un “show” cansado y se convierte en un río que nace del corazón de Dios, pasa por su propio corazón sanado y lleva vida a todos los que la rodean.

Zaira Mora Blanco

Directora