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En primera línea

dia internacional de la mujer3

Hace apenas unas décadas que una mujer fuera gerente, diputada o médico era casi impensable. Nuestras hijas hoy crecen viendo mujeres pilotear aviones, dirigir empresas, hablar en parlamentos y tomar decisiones importantes; para ellas, esa presencia femenina en espacios de poder parece algo natural. Pero durante siglos, la mayoría de las decisiones se tomaron sin mujeres en la mesa.  La conmemoración del 8 de marzo nace justo de esa tensión entre lo que hoy damos por sentado y las luchas, visibles y silenciosas, que han abierto el camino. Y en medio de esa historia, la Biblia guarda un dato sorprendente: el Dios que tantas veces se ha presentado desde estructuras patriarcales, en realidad nunca olvidó ni subestimó a las mujeres.

Cada 8 de marzo el mundo recuerda huelgas, marchas, discusiones, lágrimas y avances concretos: jornadas laborales más justas, acceso a la educación, al voto, a la participación pública, a una vida sin violencia. También se reconoce que aún hay heridas abiertas: brechas salariales, acoso, sobrecarga de cuidados, comentarios que minimizan la voz femenina, culturas que siguen viendo a las mujeres como “ayudas” y no como personas plenas. Por eso, más que un día de flores, el 8 de marzo nos lleva a preguntarnos si estamos tratando a las mujeres como iguales en dignidad y oportunidades.

Si miramos la historia humana, la norma ha sido que los hombres ocupen la mayoría de los puestos visibles de poder. En muchas culturas, las mujeres han tenido menos derechos legales, menos acceso a la formación y menos espacio en la política o en el liderazgo religioso. Sin embargo, cuando abrimos la Biblia encontramos un contraste: en medio de esas sociedades patriarcales, Dios llama a mujeres, las escucha, las guía y las coloca en lugares clave. Desde esa perspectiva, la fe cristiana no encaja con la idea de una mujer callada y reducida, sino con la imagen de una mujer llamada, digna, valiosa y necesaria.

Un ejemplo hermoso, y no siempre conocido, es el de Miriam, la hermana de Moisés. Tal vez la recordamos como la niña que vigila a su hermano bebé en el río, pero su papel va mucho más allá. Años después, cuando el pueblo de Israel sale de Egipto y cruza el Mar Rojo, Miriam aparece como profetisa y líder. La Biblia la muestra tomando un pandero y poniéndose al frente, mientras las mujeres la siguen con panderos y danzas. Pero lo central no es el movimiento, sino su voz: Miriam llama al pueblo a cantar “al Señor, porque se ha cubierto de gloria”, y así los guía a reconocer públicamente que fue Dios quien los liberó. Más que encender una fiesta, conduce un acto de adoración y gratitud que graba en la memoria de todos quién los salvó y quién camina con ellos.

Tiempo después, el profeta Miqueas resume así lo que Dios hizo: “Porque yo te hice subir de la tierra de Egipto, y de la casa de servidumbre te redimí; y envié delante de ti a Moisés, a Aarón y a Miriam” (Miqueas 6:4). En una sola frase, Dios mismo junta los tres nombres como parte del equipo que Él envió: Moisés, el guía del éxodo; Aarón, el sacerdote; y Miriam, la profetisa. En un mundo donde casi todos los nombres importantes en política y religión eran masculinos, Dios se ocupa de que el nombre de una mujer quede escrito junto a los grandes líderes varones. La toma en serio, le da una responsabilidad real y la incluye en la historia de salvación, no como nota pequeña, sino como parte del título principal.

Mirar a Miriam nos ayuda a entender mejor el valor que Dios da a la vida de cada mujer hoy. Ella vive en un mundo donde los hombres son la cara visible del poder, pero Dios la coloca en un lugar donde su voz, su fe y su capacidad de animar al pueblo son indispensables. De forma parecida, hoy muchas mujeres trabajan, estudian, crían, lideran equipos, cuidan de otros y sostienen procesos que no siempre salen en la foto, pero sin los cuales la vida diaria no se sostiene. La historia de Miriam nos recuerda que, aunque la cultura tarde en reconocerlo, para Dios la presencia, la voz y el liderazgo de una mujer nunca son accesorios: son parte de su forma de cuidar, corregir y levantar a las personas que ama.

La Biblia muestra que el mismo Dios que valoró a Miriam hasta nombrarla junto a grandes líderes se dio a conocer de manera cercana en Jesús. En los relatos sobre Él vemos cómo trata a las mujeres: se deja rodear por ellas, escucha sus historias, sana sus heridas, defiende su dignidad y las incluye entre sus seguidoras más fieles. Su muerte y su resurrección abren un camino de reconciliación y vida nueva para todas las personas, incluyendo a las mujeres cansadas, heridas o invisibilizadas. En el corazón del mensaje cristiano hay una verdad sencilla y profunda: tu valor no depende de tu currículum, de tu pasado ni de lo que otros opinen, sino de lo que Dios ya decidió sobre ti: que eres profundamente amada y que su plan de salvación también es para ti. En este 8 de marzo, mientras el mundo habla de derechos y logros, puedes reconocer que hay un Dios que conoce tu historia, y que te ofrece un camino de paz, de perdón y de esperanza para cada día. Solo tienes que aceptar el valor que él te da.

Zaira Mora Blanco

Directora

Comments (1)

Hermoso mensaje

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