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Tienes un minuto?

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¿Tienes un minuto?

Cuando estás muy angustiada, feliz, confundida o en necesidad, probablemente tienes a una amiga a la que recurres casi sin pensarlo. Le escribes un mensaje, le mandas una nota de voz o la llamas y le dices: “¿Tienes un minuto? Necesito hablar”. En ese gesto pasa algo importante: eliges abrirte, eliges a alguien y decides confiarle lo que llevas por dentro. Algo parecido podemos hacer con Dios: abrirle el corazón y compartir con Él lo que vivimos; a eso lo llamamos oración. A muchas personas esta palabra les suena complicada, como si hiciera falta un vocabulario especial o una técnica secreta. Sin embargo, Jesús les regaló a sus discípulos una oración corta y sencilla, conocida como el Padre Nuestro (Mateo 6:9-13; Lucas 11:2-4), como modelo para aprender a hablar con Dios y para recordar que Él es un Padre bueno y cercano, cuyos planes son mejores que los nuestros y a quien podemos confiarle cada día nuestras necesidades y heridas.

Por eso, el Padre Nuestro es una guía muy útil cuando alguien está empezando a orar. No obliga a usar siempre las mismas frases, pero sí marca un camino claro: primero levantar la mirada hacia Dios, luego abrirle el corazón con lo que se vive hoy y, por último, ponerse en sus manos. Se puede tomar esa estructura y convertirla en una conversación muy personal: llamando a Dios Padre, contándole preocupaciones concretas, reconociendo en qué se necesita perdón y pidiéndole fuerza y cuidado para el día. Así, la oración deja de ser una idea lejana y se vuelve un diálogo sencillo y real con Aquel que ama y escucha.

Jesús también habló de la oración de una manera muy cotidiana: “Y cuando ores, entra en tu cuarto, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará”. No menciona templos majestuosos ni ceremonias complicadas, ni discursos elegantes. Habla de un cuarto, una puerta cerrada y un Padre que ve lo que nadie más ve. La oración no empieza en un lugar perfecto, sino donde estás: en tu habitación, en el carro, en la oficina, incluso en medio del ruido, cuando por dentro decides: “Voy a hablar con Dios”. Es un gesto sencillo, pero intencional.

Y entonces llega la pregunta natural: “¿Qué digo cuando oro?”. El Padre Nuestro ofrece una especie de guion flexible. Cuando dices “Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre”, aprendes a comenzar recordando quién es Él: no un juez frío, sino un Padre que te mira con cariño. Con “venga tu reino; hágase tu voluntad” reconoces que su sabiduría es mayor que la tuya y que, aunque tengas tus propios planes, deseas que al final ocurra lo que es bueno a sus ojos. Al orar “el pan nuestro de cada día, dánoslo hoy”, le hablas de tus necesidades reales: trabajo, salud, fuerza, puertas que necesitas que se abran, lo que falta en la mesa y en el corazón. Cuando dices “perdónanos… como también nosotros perdonamos”, entras en la verdad de quién eres: alguien que necesita perdón y que, al mismo tiempo, está llamada a soltar resentimientos. Y cuando terminas pidiendo “no nos dejes caer en tentación y líbranos del mal”, reconoces que no puedes sola, que hay cosas que te superan y de las que necesitas ser guardada.

La oración también tiene mucho que ver con la confianza para acercarse, incluso cuando una siente que no está “a la altura”. La Biblia invita a acercarse “confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro” (Hebreos 4:16). No dice “acércate cuando estés perfecta”, sino “ven para encontrar ayuda”. Orar no es presentar un currículo impecable, sino llegar con lo que realmente hay: cansancio, errores, heridas, deseos, preguntas. Es un acto de valentía silenciosa, parecido a ese día en que llamas a tu amiga precisamente cuando más te cuesta hablar.

Si vuelves a la imagen de esa amiga de confianza, se ve más claro: cuando estás angustiada, la llamas para llorar; cuando estás feliz, la buscas para compartir la alegría; cuando estás desesperada, le pides consejo; cuando estás en necesidad, te atreves a pedir ayuda. Orar es algo parecido, pero con Dios. En lugar de guardarlo todo, eliges dirigirte a Él. No se trata de sentir algo “místico” primero, sino de tomar una decisión sencilla: abrir la boca —o el corazón— y hablarle. Y si no sabes por dónde empezar, el Padre Nuestro puede ser tu punto de partida: te da las primeras palabras, te muestra los temas esenciales y, poco a poco, te ayuda a hacer tuya esa conversación. A partir de ahí, la relación se va haciendo más profunda, igual que crece una amistad: una oración a la vez.

Desde Alas de Fe te invitamos a dar el paso y buscar espacios para hablar con Dios y empezar a construir una relación cercana y de amistad con Él. No necesitas grandes discursos ni momentos perfectos; basta con atreverte a ser honesta y decirle lo que realmente hay en tu corazón. En la medida en que vuelvas a esos espacios, una y otra vez, irás descubriendo que no hablas al vacío, sino con un Padre que escucha, acompaña y transforma, una oración a la vez.

Zaira Mora Blanco

Directora