Skip to main content

Resetear y avanzar

low-angle-woman-seaside

¿Cuántas veces has empezado algo con entusiasmo —ir al gimnasio, aprender un idioma, comer más sano— y, sin darte cuenta, lo has ido dejando hasta abandonarlo por completo? Al principio estabas motivada, te organizaste, hiciste planes… pero la rutina, el cansancio y las excusas ganaron espacio. Y esto no solo pasa con cosas pequeñas; también sucede con algo muy profundo: nuestra relación con Dios, ese deseo de buscarle, de hablar con Él, de conocerle más, que comienza con fuerza y poco a poco se va apagando.

En la Biblia hay un hombre muy parecido a nosotras en esto de empezar con buenas intenciones y luego rendirse: se llama Juan Marcos. No fue un personaje famoso como David o Moisés; muchas personas apenas han oído su nombre. Se unió al equipo de Pablo y Bernabé y viajaba con ellos para compartir el mensaje de Jesús, dispuesto a servir. Pero en cierto momento del viaje se retiró. Hechos 13 nos cuenta que, estando en medio de la misión, Juan se apartó de ellos y volvió a Jerusalén (Hechos 13:13, RVR1960). No se nos dan detalles. No se menciona un pecado escandaloso ni una caída vergonzosa. Simplemente, se fue.

Más adelante, cuando Pablo y Bernabé planean otro viaje, Pablo se niega a volver a llevarlo. Hechos 15:37–39 relata que el desacuerdo por Marcos fue tan fuerte que terminaron separándose: Bernabé tomó a Marcos y navegó a Chipre, y Pablo escogió a Silas. Probablemente Pablo pensó: “Él ya nos falló una vez; no confío en él”. Quizá has llegado a pensar eso de ti misma y dices: “Ya lo intenté y no pude. Fallé”. A veces no negamos a Dios con la boca, pero dejamos de buscarlo con el corazón. Has dejado de hablar con Él, de abrir su Palabra, de darle un espacio real en tu día. Te vas alejando en silencio, sin hacer ruido, pero alejándote al fin.

La historia de Juan Marcos, sin embargo, tiene un final alentador. Años después, el mismo Pablo que no quería verlo en el equipo escribe desde la cárcel: “Sólo Lucas está conmigo. Toma a Marcos y tráele contigo, porque me es útil para el ministerio” (2 Timoteo 4:11, RVR1960). El desertor se convirtió en alguien valioso. No fue solo la paciencia de un hombre lo que lo restauró, sino la gracia de Cristo obrando en su vida.

Podemos preguntarnos: ¿y cómo lo logró? Mientras Pablo no quería saber nada de Marcos, Bernabé —que además era pariente suyo (Colosenses 4:10)— se acercó a él y decidió acompañarlo. Probablemente actuó como un mentor: lo animó, caminó con él, le dio nuevas oportunidades de servir. Pero nada de eso habría sido posible si Juan Marcos no hubiese dado un paso humilde: aceptó la ayuda. No se quedó encerrado en su culpa ni en la idea de “ya fallé, esto no es para mí”.

Tú y yo necesitamos dar ese mismo paso. No se trata solo de tener buena voluntad, sino de estar dispuestas a dejarnos acompañar. Tal vez haya una mujer a tu alrededor que tenga una fe sincera, una comunidad o un espacio tranquilo donde puedas hacer preguntas, aprender y acercarte a Dios sin sentirte juzgada. Busca a alguien con quien puedas ser honesta, que te escuche, que ore contigo si te sientes cómoda y que camine a tu lado mientras das pequeños pasos hacia Dios.

Una forma sencilla de empezar puede ser con cosas pequeñas, pero constantes: elegir un momento del día —aunque sean solo tres minutos— para hablar con Dios con tus propias palabras; tomar un salmo corto o unos pocos versículos del Evangelio de Marcos; y contarle a una mujer de confianza tu deseo de acercarte más a Dios, pidiéndole que ore contigo y te acompañe en este camino. No necesitas palabras especiales; Dios escucha la sinceridad del corazón.

Y aun así, incluso acompañadas, muchas veces seguimos sintiendo una lucha por dentro. La Biblia lo expresa con mucha honestidad: “Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago” (Romanos 7:15, RVR1960). Queremos acercarnos, pero nos alejamos. Queremos cambiar, pero repetimos lo mismo. Con el tiempo, casi sin notarlo, empezamos a pensar que Dios está cansado de nosotras, que una vida cercana a Él es solo para “gente de otro nivel”, no para alguien que una y otra vez vuelve a empezar.

En medio de esa lucha, la Palabra nos recuerda algo profundo del carácter de Dios: “Sostiene Jehová a todos los que caen, y levanta a todos los oprimidos” (Salmo 145:14, RVR1960). Tu caída no asusta a Dios. Tu cansancio no lo espanta. Él conoce tu historia completa y, aun así, te sigue amando.

Desde Alas de Fe deseamos que sigas buscando a Dios con intención. Puedes hablarle con palabras sencillas, algo como: “Dios, sé que existes, pero he caminado lejos de ti. He dejado de buscarte. No vengo a presentarte mis fuerzas, sino mi debilidad. Te pido que me levantes, que pongas cerca de mí una mujer que camine conmigo y que me enseñes a caminar a tu lado, un día a la vez. No quiero prometerte perfección; solo quiero decirte: aquí estoy, no me sueltes”. No tienes que repetir estas palabras exactamente; puedes usar las tuyas. La misma gracia que levantó a Juan Marcos está disponible para ti hoy. Aunque hayas dejado el viaje a medias, Jesús no ha dejado de mirarte con amor. Aunque hayas desertado en silencio, Él no te ha borrado de sus planes. Si das un paso hacia Él, descubrirás que desde hace tiempo Él ya venía caminando hacia ti.

Zaira Mora Blanco

Directora

Leave a comment