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Recalibrando

descanso

Hubo un tiempo en que el trabajo rara vez ocupaba toda la vida de las personas. La jornada terminaba cuando se cerraba la puerta de la oficina o del negocio y, al volver a casa, todavía quedaba luz para sentarse a la mesa, conversar sin prisa, jugar con los hijos o salir a caminar por el barrio. El fin de semana era, de verdad, un alto en el camino: días para recuperar fuerzas, visitar a la familia, hacer nada sin sentir culpa. Había preocupaciones, sí, pero el trabajo tenía un lugar; no ocupaba todos los lugares.

Hoy, en cambio, muchas vivimos como si el horario laboral nunca se cerrara. El celular convierte la sala, la cama y hasta la mesa en una extensión de la oficina; los fines de semana se llenan de pendientes atrasados y la sensación de “no me alcanza” termina siendo casi el tono normal de nuestros días. Nos han enseñado a sentirnos orgullosas de estar siempre ocupadas, de decir “no paro en todo el día”, como si ese nivel de cansancio hablara bien de nosotras. A veces incluso competimos por quién duerme menos, quién tiene la agenda más llena o quién acumula más reuniones seguidas, como si la falta de descanso fuera una medalla de mérito. Pero, mirada con calma, esa “medalla” cuenta otra historia: la de un cuerpo exigido más allá de lo sano, una mente saturada que ya no disfruta, un corazón que no encuentra espacio para escuchar lo que siente. Más que motivo de orgullo, el no descansar debería hacernos preguntarnos con ternura y honestidad: ¿por qué me cuesta tanto admitir que necesito parar?

En la Biblia encontramos la historia de un hombre que llegó a un extremo de cansancio que muchas podríamos reconocer, aunque vivamos en otro tiempo y en otro contexto. Se llamaba Elías, y su experiencia nos muestra algo muy valioso: que el descanso no es indiferente para Dios, que no es una pérdida de tiempo ni un capricho, sino algo que Él mismo valida y cuida. A través de lo que este hombre vivió, podemos ver cómo Dios se acerca a alguien agotado, no para exigirle más, sino para invitarlo primero a descansar.

Elías venía de una temporada intensa: había enfrentado conflictos duros, lidiado con presiones enormes y cargado expectativas sobre sus hombros. Hasta que una amenaza más fue suficiente para quebrarlo. Huyó, caminó por el desierto y, debajo de un arbusto, llegó a decir: “Ya basta… no puedo más”. Muchas de nosotras no estamos en un desierto literal, pero sí conocemos esa frase. A veces aparece en el parqueo de la oficina, en la ducha o manejando de regreso a casa, cuando el cuerpo, la mente y el corazón dicen al mismo tiempo: “así no puedo seguir”.

Lo sorprendente es cómo responde Dios. El relato cuenta que Elías se acostó y se durmió. Entonces un mensajero de Dios lo tocó y le dijo: “Levántate y come”. Al mirar, Elías encontró pan recién hecho y agua. Comió, bebió… y volvió a dormir. Más tarde, el mensajero regresó, lo tocó de nuevo y le dijo: “Levántate y come, porque el viaje será largo”. Esa comida le dio fuerzas para seguir caminando. Dios no le pide primero que ore más, ni que tenga “más fe”, ni que sea “más fuerte”: primero lo deja dormir, comer, dormir otra vez. Luego, con fuerzas renovadas, lo invita a seguir. El descanso no aparece como premio para las que ya resolvieron todo, sino como parte del cuidado de Dios en medio del agotamiento.

Un salmo lo resume de forma muy directa: “Es inútil que te esfuerces tanto, desde temprano en la mañana hasta tarde en la noche, y que te preocupes por conseguir alimento; porque Dios da descanso a sus amados” (Salmo 127:2, NTV). Esa frase nos confronta con cariño: esforzarse sin parar, a costa del cuerpo y del alma, no es admirable; es inútil. La Biblia insiste una y otra vez en que la vida humana tiene un ritmo querido por Dios, un ir y venir entre trabajo y reposo. Desde el principio, Dios mismo trabajó y luego descansó, no porque se cansara, sino para marcar un camino: hasta el Creador decidió hacer un alto, como si nos dijera con su propio ejemplo que la vida plena incluye momentos para parar, respirar y simplemente estar. El descanso nos recuerda algo profundo: que nuestra vida no se sostiene solo en nuestras fuerzas, que no tenemos que estar en todo para que las cosas salgan adelante, y que nuestra identidad no se mide por productividad, sino por el amor de Aquel que nos cuida incluso mientras dormimos.

Tal vez en tu caso no haya amenazas ni grandes historias dramáticas, pero sí hay notificaciones constantes, metas que se renuevan cada trimestre, personas que esperan mucho de ti y una vocecita interna que susurra que no puedes parar, que siempre tienes que decir que sí, que siempre tienes que responder. Tal vez has sentido que, si te detienes un poco, estás fallando o quedándote atrás. Sin embargo, la verdad es que tu valor no depende de estar disponible para todo ni de sostenerlo todo con tus propias manos. Desde Alas de Fe queremos invitarte a dar hoy un primer paso y atreverte a hacer algo muy contracultural: reconocer que estás cansada, pedir ayuda, darte permiso de descansar sin culpa y dejar que Dios te recuerde, con paciencia, que tu vida es demasiado valiosa como para vivirla sin pausas.

 

Zaira Mora Blanco

Directora