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Que un error no te defina

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Que un error no te defina

La reunión terminó, pero tú sigues repasando lo que dijiste. O quizá fue una decisión que parecía acertada y terminó afectando un proyecto, una conversación familiar en la que reaccionaste mal o un compromiso que no cumpliste. Lo ocurrido ya pasó, pero vuelve a tu mente con una insistencia que no te deja descansar.

Sabes que necesitas hacer algo al respecto. Sin embargo, junto con la preocupación por las consecuencias aparece otra más personal: empiezas a dudar de ti. Lo que antes hacías con seguridad ahora te provoca temor. Revisas una y otra vez, evitas decidir o buscas que alguien confirme cada paso.

A veces, lo más difícil de un error no es reconocerlo, sino evitar que se convierta en la manera en que nos miramos. Pasamos de «tomé una mala decisión» a «no sé tomar decisiones»; de «no estuve a la altura en esta ocasión» a «no soy capaz». Una experiencia concreta empieza a ocupar toda nuestra identidad.

No es necesario minimizar lo ocurrido para recuperar la confianza. Si hubo consecuencias, merecen atención. Si alguien resultó afectado, necesita ser escuchado. Pero asumir la responsabilidad no exige descalificarnos como personas. Podemos reconocer una equivocación sin concluir que todo lo que somos o hemos construido queda invalidado.

También conviene mirar con honestidad qué clase de error cometimos. No es lo mismo desconocer una información que ignorar una advertencia; calcular mal un resultado que actuar de una manera que sabíamos incorrecta. Comprender esa diferencia nos ayuda a responder de forma adecuada, sin excusarnos ni atribuirnos una responsabilidad que no nos corresponde.

Quizás necesitas corregir un dato, comunicar lo sucedido o cambiar un procedimiento. Tal vez debes pedir perdón sin añadir explicaciones que terminen debilitando la disculpa. En otras ocasiones, tendrás que aceptar que no puedes reparar por completo lo ocurrido, aunque sí puedas hacer algo para evitar repetirlo.

Ese trabajo puede ser incómodo. Nos gustaría recuperar rápidamente la tranquilidad y escuchar que todo está bien. Pero hay situaciones que requieren tiempo, conversaciones difíciles y cambios visibles. Cuando la confianza de otra persona se ha visto afectada, no podemos exigir que se restablezca al ritmo de nuestro deseo de dejar atrás el asunto.

Volver a confiar en ti tampoco significa sentirte segura de inmediato. Puede comenzar con algo más sencillo: dar un paso responsable aun cuando todavía sientas temor. Revisar lo que necesitas aprender, pedir orientación, reconocer tus límites y volver a asumir una tarea con mayor cuidado.

La confianza puede reconstruirse desde una mirada más realista. No tienes que creer que nunca volverás a equivocarte. Necesitas reconocer que puedes aprender, buscar ayuda y responder con honestidad cuando algo no salga bien.

En ese proceso, la fe puede ofrecer algo más profundo que una frase de ánimo. El Salmo 37 presenta la imagen de una persona cuyos pasos son sostenidos por Dios y afirma: «Cuando caiga, no quedará derribado, porque el Señor sostiene su mano» (Salmo 37:23–24). El énfasis está en el sostén de Dios, no en una vida libre de tropiezos.

Estas palabras no prometen que cada error tendrá una solución rápida ni que sus consecuencias desaparecerán. Nos permiten contemplar una esperanza distinta: la caída no tiene que ser el lugar donde permanezcamos, y nuestra capacidad de levantarnos no depende únicamente de sentirnos fuertes.

Puedes acercarte a Dios sin haber recuperado todavía la seguridad. Puedes hablarle de lo que hiciste, de lo que no sabes cómo reparar y del temor con el que estás enfrentando el día siguiente. Si necesitas pedir perdón, puedes hacerlo con sinceridad. Si necesitas aprender, puedes pedir sabiduría y buscar ayuda. La oración puede acompañar esos pasos, no sustituirlos.

Quizás esa sea una forma concreta de recibir gracia: dejar de intentar castigarte lo suficiente como para merecer empezar de nuevo. El sufrimiento que te impones no repara por sí solo lo sucedido. Una respuesta honesta, una disculpa necesaria o una decisión diferente pueden hacer más bien que repetir indefinidamente que debiste haberlo hecho mejor.

Tal vez hoy puedas orar así: «Dios, ayúdame a mirar lo ocurrido con verdad. Muéstrame qué necesito corregir y dame humildad para hacerlo. Sosténme mientras aprendo a dar el siguiente paso».

No puedes cambiar lo que pasó, y quizá haya consecuencias que debas afrontar. Pero todavía puedes decidir cómo responder ahora. Puedes reconocer, reparar lo que esté a tu alcance, aprender y permitir que otros te acompañen.

Un error forma parte de tu historia, pero no tiene que resumirla. Hay camino por delante, aunque hoy solo puedas ver el siguiente paso. Y puedes darlo sin tener todas las respuestas, confiando en que no necesitas enfrentar este aprendizaje lejos de Dios.

 

Zaira Mora Blanco

Directora.

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