Hay decisiones que ninguna universidad enseña, ningún cargo prepara y ningún manual puede resolver. Son esas decisiones silenciosas que una madre toma cada día: cuándo proteger, cuándo corregir, cuándo escuchar, cuándo soltar y cuándo confiar.
Muchas mujeres han aprendido a dirigir empresas, liderar equipos y resolver desafíos complejos. Sin embargo, existe una responsabilidad que trasciende cualquier logro profesional: formar el corazón de una persona que un día tomará sus propias decisiones.
La maternidad no consiste únicamente en cuidar el presente de un hijo; consiste en participar con Dios en la formación del carácter de la persona que llegará a ser. Cada conversación, cada límite establecido con amor, cada valor transmitido y cada ejemplo vivido son semillas cuyo fruto muchas veces se verá años después.
La sabiduría bíblica nos recuerda: “Dirige a tus hijos por el camino correcto, y cuando sean mayores, no lo abandonarán.” Proverbios 22:6 (NTV)
Hace miles de años, una mujer enfrentó una realidad que puso a prueba su amor, su valentía y su fe. Su nombre era Jocabed.
Vivía en un tiempo de opresión, cuando el faraón había decretado la muerte de todos los niños hebreos recién nacidos. En medio de aquel escenario, decidió proteger la vida que Dios había puesto en sus manos.
La Escritura relata:
“La mujer quedó embarazada y dio a luz un hijo. Al ver que era hermoso, lo escondió durante tres meses.”
Éxodo 2:2 (NTV)
Antes de construir una canasta, Jocabed reconoció el valor de la vida que Dios le había confiado. Su primera respuesta fue proteger. Hay temporadas en las que el amor también consiste en resguardar lo que aún está creciendo. Así sucede con los hijos: antes de exponerlos al mundo, necesitan afirmar su identidad, fortalecer sus valores y aprender a confiar en Dios.
Cuando ya no pudo esconder a Moisés, preparó una canasta de papiro, la recubrió con alquitrán y brea, colocó allí al niño y la dejó entre los juncos a la orilla del Nilo (Éxodo 2:3).
Cada detalle tiene significado. La canasta no fue improvisada; fue preparada cuidadosamente para preservar la vida. De igual manera, una madre construye una “canasta” cuando invierte tiempo en formar el carácter de sus hijos, establece límites con amor, conversa, corrige, abraza y modela con su ejemplo aquello que desea ver reflejado en ellos.
Llama la atención que la Biblia mencione el alquitrán y la brea. La canasta no solo debía flotar; debía impedir que el agua entrara. Tampoco podemos evitar que nuestros hijos vivan en un mundo desafiante, pero sí prepararlos para que ese mundo no gobierne su corazón. Los principios de la Palabra de Dios, una identidad firme y una fe cultivada día tras día constituyen esa protección espiritual que les permitirá permanecer firmes.
El río representaba todo aquello que Jocabed no podía controlar. No podía decidir hacia dónde avanzarían las aguas ni quién encontraría la canasta. Sin embargo, comprendió una verdad que toda madre necesita recordar: llega un momento en que, después de haber hecho todo lo posible, solo queda confiar.
La Biblia dice:
“Confía en el Señor con todo tu corazón; no dependas de tu propio entendimiento.”
Proverbios 3:5 (NTV)
Con frecuencia queremos controlar el futuro de quienes amamos. Pero Dios nos llama a formar con diligencia y a confiar con fe. La responsabilidad de Jocabed era construir la canasta; el destino de Moisés estaba en las manos del Señor.
Mientras ella veía un río lleno de incertidumbre, Dios ya preparaba a la hija del faraón para rescatar al niño. Aunque Jocabed no podía verlo, el Señor ya obraba al otro lado de las aguas. Así actúa Dios muchas veces: mientras sembramos con fidelidad y oramos, Él prepara personas, oportunidades y caminos que todavía desconocemos.
Hay un detalle que enriquece aún más esta historia. La palabra hebrea utilizada para “canasta” es la misma que se emplea para el arca de Noé. En ambos relatos, Dios utilizó una embarcación sencilla, protegida para resistir las aguas, como instrumento para preservar una vida destinada a cumplir sus propósitos. Antes de abrir camino para Moisés, Dios preparó un lugar seguro para él.
Quizá Jocabed nunca imaginó que aquel bebé llegaría a convertirse en el libertador de Israel. Ella simplemente fue fiel en el presente que Dios puso delante de sus ojos. Así ocurre con muchas madres. Una conversación, una oración silenciosa, una decisión tomada con amor o un ejemplo constante de integridad pueden convertirse en los cimientos sobre los cuales Dios edificará el futuro de una generación.
Para la mujer que hoy lidera una organización, desarrolla proyectos y al mismo tiempo forma una familia, la historia de Jocabed recuerda que su influencia trasciende lo que alcanza a ver. No está llamada a ser una madre perfecta, sino una mujer que protege con sabiduría, forma con intención y confía en la fidelidad de Dios.
Desde Alas de Fe queremos celebrar en este Día de la Madre a quienes, con amor y perseverancia, siguen construyendo esa canasta donde sus hijos aprenderán a navegar los ríos de la vida. Porque una madre prepara con fidelidad, pero es Dios quien guía el destino. Él sigue sosteniendo aquello que un día puso en sus manos.
Guiselle Mora Blanco
Directora

