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Y si la santidad no fuera lo que imaginas?

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Cuando escuchamos la palabra santo, quizá pensamos en una persona lejana: alguien sin errores, con una vida excepcional o admirada por haber atravesado dificultades enormes. En diversas tradiciones cristianas, los santos son recordados por su entrega, valentía y perseverancia. 

Pero la Biblia propone una idea que puede sorprendernos: la santidad no está reservada para unas pocas personas excepcionales ni depende de un reconocimiento oficial después de la muerte. En el Nuevo Testamento, Pablo escribe a creyentes comunes en Roma y los llama “amados de Dios, llamados a ser santos” (Romanos 1:7). Eran personas con preguntas, diferencias y procesos incompletos, pero Dios ya las había llamado a pertenecerle.

En sentido bíblico, ser santo no es vivir sin errores, sentirse superior o alejarse de quienes viven distinto. Es pertenecer a Dios y aprender, día a día, a reflejar su carácter en la manera de vivir. Por eso Pedro escribe: “Sean santos en todo lo que hagan, porque santo es quien los llamó” (1 Pedro 1:15–16).

La santidad no es una imagen perfecta que debemos mostrar a los demás. Es una vida orientada hacia Dios y hacia el bien: elegir la verdad en lugar de la mentira, el respeto en lugar del desprecio, la justicia en lugar de la conveniencia y el amor en lugar de la indiferencia.

Daniel ayuda a entenderlo. Era un joven judío cuando Jerusalén fue conquistada por Babilonia. Lo llevaron lejos de su casa junto con otros jóvenes y lo escogieron para recibir educación y preparación para servir en el palacio del rey. De pronto, su mundo tenía otro idioma, otras costumbres y otras creencias. Daniel no eligió vivir allí ni podía cambiar lo que otros habían decidido sobre él. Pero aún podía decidir cómo respondería.

Como parte de su formación, recibió alimentos y vino de la mesa del rey. Daniel entendió que participar de ello comprometía su fidelidad a Dios. El relato dice que “propuso en su corazón no contaminarse” (Daniel 1:8). No actuó con desprecio ni buscó imponer su decisión a los demás. Pidió una alternativa con respeto y encontró una manera de mantenerse fiel a Dios.

Años después, Daniel ocupaba un cargo importante en el gobierno. Entonces se aprobó una ley que prohibía orar a cualquier dios que no fuera el rey. Daniel sabía que desobedecerla tendría consecuencias graves. No dejó de orar ni escondió su práctica por miedo: continuó haciéndolo como era su costumbre, dando gracias a Dios.

Su decisión lo llevó al foso de los leones. La santidad no es una promesa de una vida cómoda ni la garantía de que nadie nos cuestionará. A veces significa sostener lo correcto cuando sería más fácil callar, adaptarse o ceder.

Por eso Daniel puede parecernos un héroe. No porque nunca sintiera miedo ni porque fuera perfecto, sino porque no permitió que la presión decidiera por él. Su vida muestra que la santidad no consiste en escapar del mundo, sino en permanecer dentro de él con un centro firme.

Eso también es santidad para nosotras. Es trabajar, estudiar, criar, emprender y relacionarnos con personas diferentes sin permitir que todo lo que se normaliza a nuestro alrededor determine nuestras decisiones. A veces se ve en gestos pequeños: negarte a participar en una conversación que humilla, reconocer un error antes de que crezca, administrar con honestidad, poner un límite necesario o pedir ayuda cuando ya no puedes sola.

La santidad comienza con una identidad recibida: Dios llama suyas a las personas que se acercan a Él. Y también es un camino de crecimiento: día a día aprendemos a vivir de acuerdo con esa nueva identidad. No se alcanza por fuerza de voluntad, sino por la gracia de Dios, que obra en nosotras y nos invita a responder.

Dios es quien ofrece la gracia, la misericordia y la fortaleza para vivir de una manera nueva. No nos abandona cuando fallamos ni espera que lleguemos perfectas antes de acercarnos. Él obra en nosotras tanto el deseo como la capacidad de hacer el bien; aun así, nos invita a responder con decisiones reales.

Podemos pedir perdón o endurecernos. Podemos cuidar nuestras palabras o usarlas para herir. Podemos reconocer que necesitamos ayuda o seguir justificando lo que nos está destruyendo. La gracia de Dios no elimina nuestra responsabilidad; nos da la oportunidad y la fuerza para responder de una manera nueva.

Ser santa no es nunca fallar. Es volver a la verdad, recibir perdón, reparar cuando sea posible y elegir nuevamente el bien. Aspirar a la santidad no significa vivir lejos de la realidad; significa vivir dentro de ella con más integridad.

La santidad es un mandato y una invitación. Dios llama a su pueblo a la santidad porque Él es santo. No es una carga para ganar su amor, sino la invitación a vivir de acuerdo con el Dios que ya nos ofrece su gracia. La voluntad de Dios es que seamos santificados.

No es una meta para algún día, para una ceremonia o para después de la muerte. Es un llamado para esta tierra, en esta etapa de la vida y en decisiones concretas: la conversación que debes tener, el perdón que necesitas pedir, el límite que debes poner, la ayuda que necesitas buscar o la práctica que ya sabes que debes abandonar.

Desde Alas de Fe queremos recordarte que Dios no te pide una vida perfecta antes de acercarte. Te ofrece su presencia para transformar, paso a paso, la vida que ya tienes. Tal vez la santidad comience hoy, no con algo espectacular, sino con la valentía de elegir el bien una vez más, incluso cuando nadie está aplaudiendo.

Zaira Mora Blanco

Directora