Skip to main content

Porque incluso la mujer fuerte tiene sed

young-woman-waterfall-rock-bali-indonesia

¿Quién eres cuando termina el día, se cierra la computadora y ya no tienes que demostrarle nada a nadie?

Cada mañana te levantas y sales al mundo dispuesta a cumplir con todo lo que se espera de ti. Diriges, decides, administras, resuelves. Eres exitosa, admirada, determinada. Pero hay una parte de tu historia que casi nadie conoce: detrás de tu seguridad puede haber una mujer cansada; detrás de tu agenda llena, un corazón que necesita detenerse; detrás de tu trayectoria brillante, heridas de rechazo, abandono o traición que debilitaron tu confianza. Porque una cosa es aprender a ser fuerte para enfrentar la vida y otra muy distinta es estar bien por dentro.

En Juan 4 encontramos a una mujer samaritana que llega a un pozo para sacar agua. Allí se encuentra con Jesús, quien inicia una conversación que terminará tocando las zonas más profundas de su historia. Jesús le dice: «Dame un poco de agua» (Juan 4:7, NTV). La petición parece sencilla, pero aquel encuentro rompe barreras culturales y sociales. Jesús no la evita ni la reduce a las circunstancias de su pasado. Se acerca y conversa con ella. Jesús la encuentra. Y esta escena contiene una verdad profundamente significativa: Jesús no espera a que tu historia esté perfectamente ordenada para acercarse. Te encuentra precisamente en esos lugares donde llevas tiempo intentando resolver tu propia sed. La mujer había llegado al pozo por agua, pero Jesús sabía que existía una sed mucho más profunda. Una sed que ningún cargo profesional puede satisfacer. Ningún reconocimiento puede apagar. Ninguna relación puede resolver por completo.

Durante la conversación, Jesús toca un área íntima de la vida de aquella mujer: sus relaciones. Él conoce una historia que probablemente había sido motivo de dolor, juicio o vergüenza. Sin embargo, Jesús no utiliza su pasado para humillarla. Lo conoce y permanece. ¡Qué diferente es esa mirada!

Quizas has aprendido a protegerte construyendo una imagen de fortaleza. Aprendiste a no mostrar demasiado, a resolver sola y a seguir adelante, aunque por dentro algo todavía duela. Pero Jesús mira más allá de la imagen. Conoce las palabras que todavía te duelen, las relaciones que dejaron heridas, rechazos que cambiaron tu manera de relacionarte y las veces que tuviste que hacerte fuerte cuando, en realidad, necesitabas que alguien te sostuviera. Y aun conociéndolo todo, se acerca.

Jesús le habla de una fuente diferente: «Pero los que beban del agua que yo les doy no volverán a tener sed jamás» (Juan 4:14, NTV). No está hablando simplemente de resolver una necesidad momentánea. Está señalando una fuente interior: una vida que no depende de aquello que sucede a tu alrededor. Puedes alcanzar metas, cambiar de posición, incrementar tus ingresos, recibir reconocimiento o construir la relación que siempre soñaste y, aun así, descubrir que algo dentro continúa vacío. Tal vez porque algunas necesidades profundas del alma no pueden resolverse acumulando más cosas afuera. Jesús no llega para convertirte en una mujer perfecta. Llega para encontrarte en tu verdad y comenzar allí una transformación que alcanza tu identidad, tu manera de mirar el pasado y la forma en que comprendes tu propio valor.

Quizá has aprendido a ser la mujer que todos necesitan: la que resuelve, organiza, decide, sostiene y continúa adelante aun cuando por dentro está agotada. La samaritana llegó al pozo cargando un cántaro y una historia que pesaba. Se marchó dejando atrás mucho más que aquel cántaro: se marchó con una nueva comprensión de Jesús y con una nueva manera de mirar su propia vida. Su encuentro con Él no borró su pasado, transformó lo que ese pasado significaba para ella.

Tampoco tú puedes cambiar lo que otros hicieron, o borrar determinadas palabras ni regresar el tiempo. Pero sí puedes permitir que Jesús transforme aquello que esas experiencias dejaron dentro de ti. La mujer que todos ven puede ser fuerte. La mujer que Jesús ve también puede ser vulnerable, herida y cansada. Y, aun así, profundamente amada.

Tal vez hoy Jesús también está esperándote junto a tu pozo. No para quitarte tu fortaleza, sino para recordarte que no tienes que vivir únicamente desde ella. Porque incluso la mujer fuerte tiene sed. Y reconocerlo no es debilidad, es el comienzo de un encuentro.

Esta invitación de Jesús tiene eco en las palabras del profeta Isaías, quien siglos antes ya anunciaba el anhelo de Dios por saciar nuestra sed más profunda: «¡Vengan a las aguas todos los que tienen sed! Aunque no tengan dinero, vengan y beban vino y leche sin pagar nada» (Isaías 55:1, NTV). Esta invitación no requiere mérito, logro o preparación. Es un llamado gratuito a recibir lo que solo Él puede dar: vida, transformación y plenitud interior.

Tal vez hoy sientes que algo dentro de ti reconoce esta verdad. No necesitas tener todas las respuestas ni preparar un discurso perfecto. Solo necesitas permitirte llegar al pozo tal como estás, Jesús ya está allí.

Desde Alas de Fe te recordamos que Su invitación sigue en pie: «Si alguno tiene sed, que venga a mí y beba» (Juan 7:37, NTV). No mañana, no cuando arregles tu vida, no cuando seas más fuerte. ¡Hoy!

Guiselle Mora Blanco

Directora