Skip to main content

Siempre hay un camino de regreso!

Stylish woman spending time in a summer field

A veces, por fuera todo parece seguir en orden, pero por dentro el corazón comienza a experimentar un vacío difícil de explicar. Muchas veces no lo advertimos hasta que alguna circunstancia nos confronta y nos obliga a mirar hacia nuestro interior. También puede ocurrir que veamos a alguien regresar a Dios y, sin embargo, nos cueste alegrarnos sinceramente por su restauración.

La parábola del hijo pródigo habla precisamente de estas experiencias tan humanas. Nos recuerda que el Padre no contempla nuestra fragilidad con dureza, sino con amor; no responde con distancia, sino con misericordia; y no permanece señalando el error, sino que sale al encuentro para restaurar lo que parecía perdido.

En Lucas 15, Jesús presenta la historia de un hombre con dos hijos. El menor, impulsado por sus propios deseos, pide su herencia, abandona la casa y se marcha a una tierra lejana. Allí desperdicia todo lo que había recibido y, cuando sobreviene la escasez, enfrenta el verdadero costo de sus decisiones.

El relato dice que terminó cuidando cerdos y deseando alimentarse de lo que ellos comían, pero nadie le daba nada. Esa escena refleja el vacío al que conduce la autosuficiencia cuando se rompe la comunión con Dios. El hijo menor buscó libertad, pero terminó esclavizado; quiso encontrar plenitud lejos del Padre, pero halló desolación. Así actúa el pecado: promete vida, pero termina robándonos aquello que más valoramos.

Sin embargo, la parábola no termina en la caída. El momento decisivo llega cuando el hijo «volvió en sí» (Lucas 15:17). Más que un sentimiento de culpa, el arrepentimiento comienza cuando recuperamos la claridad para reconocer que el camino recorrido no conduce a la vida. Es volver el corazón hacia Dios y decidir caminar nuevamente con Él.

Esta verdad también la expresa el apóstol Pablo cuando escribe: «¿No te das cuenta de lo bondadoso, tolerante y paciente que es Dios contigo? ¿Acaso eso no significa nada para ti? ¿No ves que es la bondad de Dios la que te guía al arrepentimiento?» (Romanos 2:4, NTV). No es el temor lo que transforma el corazón, sino el encuentro con la bondad del Padre, que siempre nos invita a regresar.

Pero lo más sorprendente de la historia no es solamente el regreso del hijo, sino la reacción del Padre. Jesús dice que, cuando el hijo todavía estaba lejos, su padre lo vio, sintió compasión, corrió hacia él, lo abrazó y lo besó.

El abrazo llegó antes de que el hijo terminara su confesión. Esa escena revela una de las verdades más hermosas del evangelio: la gracia de Dios siempre precede a nuestros méritos. El Padre no espera para reprochar; sale al encuentro porque su deseo no es condenar, sino restaurar.

Después ordena traer la mejor túnica, un anillo y unas sandalias. Cada uno de estos elementos comunica una restauración completa. La túnica devuelve la dignidad que el pecado había desfigurado; el anillo reafirma su identidad y pertenencia a la familia; y las sandalias declaran que no regresa como un esclavo, sino como un hijo amado. Así obra Dios con quienes vuelven a Él: no solo perdona su culpa, sino que restaura su identidad, reafirma su lugar en la familia y renueva su esperanza.

Por eso el profeta Jeremías pudo escribir: «Hace mucho tiempo el Señor le dijo a Israel: “Yo te he amado, pueblo mío, con un amor eterno; con amor inagotable te acerqué a mí”» (Jeremías 31:3, NTV).

La historia presenta también al hermano mayor. Él nunca abandonó la casa, pero su corazón estaba lejos del Padre. Cuando escucha la celebración, se enoja y se niega a entrar. Se considera fiel, pero no logra alegrarse por la restauración de su hermano. La parábola nos recuerda que no solo se pierde quien se aleja de Dios; también puede extraviarse quien permanece cerca, pero permite que el orgullo, la comparación o la falta de misericordia endurezcan su corazón.

Todos, en algún momento, nos parecemos a uno de estos dos hijos. A veces nos alejamos y terminamos vacíos; otras veces permanecemos cerca, pero olvidamos reflejar la compasión del Padre. En ambos casos, Dios sigue tomando la iniciativa para acercarse a nosotros.

Desde Alas de Fe te invitamos a detenerte por un momento y preguntarte con honestidad: ¿con cuál de los dos hijos te identificas hoy? Si necesitas volver, recuerda que el Padre sigue esperándote con los brazos abiertos. Y si has permanecido cerca de Él, pídele que tu corazón nunca deje de alegrarse cuando alguien encuentra nuevamente el camino de regreso.

Que las palabras de Jesús permanezcan hoy en nuestro corazón: «Porque este hijo mío estaba muerto y ahora ha vuelto a la vida. Estaba perdido, pero ahora ha sido encontrado». Entonces comenzó la fiesta. Lucas 15:24 (NTV)

 

Guiselle Mora Blanco

Directora

Leave a comment