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El futuro no es incierto

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Hay momentos en la vida en los que el futuro pesa más que el presente, como cuando estamos frente a decisiones que pueden cambiar la historia: aceptar o no una nueva oportunidad, cerrar o sostener un proyecto, quedarse o irse de una relación, iniciar un tratamiento, mudarse de ciudad o de país. En esas circunstancias, muchas mujeres sienten que llevan el mundo sobre los hombros y que cualquier movimiento podría ser “el error” de sus vidas.

Ese miedo al futuro se manifiesta de distintas formas: pensamientos que no paran, noches de insomnio, escenarios de “y si…” que se repiten una y otra vez. Otras veces se vuelve parálisis: pasar meses posponiendo decisiones, esconderse en la rutina, llenar la agenda para no pensar. También puede verse como una necesidad de controlarlo todo: prever cada detalle, planear cada minuto, no dejar espacio para nada imprevisto. Detrás de todo esto hay una misma inquietud: ¿y si me equivoco?, ¿y si no soy capaz?, ¿y si nadie me sostiene si las cosas salen mal?

No es casualidad que tantas mujeres se sientan así. Diversos estudios muestran que los trastornos de ansiedad afectan más a las mujeres que a los hombres, y que cerca de una de cada cinco mujeres trabajadoras presenta síntomas importantes de ansiedad o depresión, frente a una proporción claramente menor en hombres. Incluso en el ámbito laboral, encuestas recientes indican que casi la mitad de las mujeres ha sentido ansiedad por la carga de trabajo y la presión. No es que sean “demasiado sensibles”, se trata de una realidad que la ciencia ya ha descrito y que la fe no debería ignorar.

La Biblia no pasa por alto estos miedos. Dios habla una y otra vez a personas que están frente a futuros inciertos, y no lo hace con frases vacías, sino recordándoles quién es Él. En Isaías 41:10, por ejemplo, se dirige a un pueblo que atraviesa momentos de amenaza y vulnerabilidad y les dice: “No tengas miedo, porque yo estoy contigo; no te desalientes, porque yo soy tu Dios. Te daré fuerzas y te ayudaré; te sostendré con mi mano derecha victoriosa”. Para Dios, el miedo no es señal de poca inteligencia ni motivo de desprecio; es un lugar real desde el que Él decide acercarse y prometer presencia. El futuro puede ser desconocido para nosotras, pero no para Dios.

Algo similar sucede en Jeremías 29:11: “Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice el Señor, pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis”. Estas palabras se pronuncian en medio de exilio, pérdida y proyectos quebrados, no en un escenario ideal. Dios no dice: “yo controlo todo y nada difícil les sucederá”, sino: “yo sé lo que estoy haciendo, incluso cuando ustedes no lo entienden”. El énfasis está en el “yo sé”: cuando nosotras decimos “no sé qué va a pasar”, Dios responde “yo sí sé, y no he perdido el hilo de tu historia”. Eso no elimina la incertidumbre, pero trae paz y confianza.

La Biblia también nos regala historias que traducen esta confianza en decisiones concretas. Abraham recibe un llamado que, en palabras actuales, sería: “deja lo conocido y camina hacia un futuro que todavía no ves” (Génesis 12:1–4). No recibe todos los detalles, pero sí una promesa y la garantía de que Dios caminará con él. Lo que Abraham hace no es cerrar los ojos y lanzarse sin pensar; es elegir confiar en que quien lo llama conoce el camino mejor que él mismo. Su confianza no se mide en ausencia de miedo, sino en obediencia a pesar del miedo.

En nuestra vida cotidiana, la escena no es muy distinta. Los cambios y decisiones que impactan nuestro futuro tienen un peso real. Dios no nos pide que minimicemos ese impacto ni que repitamos frases bonitas para anestesiar el miedo. Lo que sí nos invita es a mirar más allá del “qué va a pasar” y preguntarnos: “¿con quién voy a caminar ante lo que pase?”.

Confiar en Dios no significa renunciar a pensar, analizar o planear. Al contrario, implica tomar decisiones responsables, pero desde otra postura interior. Él nos llama a discernir, a buscar consejo sabio, a alinear nuestras elecciones con sus principios de verdad, justicia, misericordia y fidelidad. Nuestra parte es elegir caminos que honren esos valores, aun cuando parezcan más exigentes. Su parte es sostenernos, acompañar las consecuencias y, cuando es necesario, corregir nuestro rumbo. Y en ese proceso, a veces, también necesitamos ayuda profesional: hablar con una persona experta en salud mental no contradice la fe, sino que forma parte del cuidado responsable de la vida que Dios nos ha dado.

Y aquí es importante recordar algo más: incluso cuando nos equivocamos, Dios no se borra de la historia. Él sabe trabajar también con decisiones imperfectas, rescatarnos de caminos que no fueron los mejores y enseñarnos a través de ellos. La confianza no es creer que nunca fallaremos, sino saber que, aun cuando fallamos, seguimos en manos de un Dios que puede levantar, restaurar y reorientar.

Esta confianza no nace de repetir “confío en Dios” como eslogan, sino de pequeños actos: traer nuestras decisiones a su presencia, admitir delante de Él nuestro miedo, pedirle luz en vez de exigir certezas absolutas, recordar cómo en el pasado nos sostuvo cuando pensábamos que no había salida. Una oración honesta podría sonar así: “Señor, no sé qué viene. Conozco mis miedos y mis límites, pero tú conoces el futuro. Muéstrame el paso que sigue, ayúdame a ser fiel a tus principios y dame paz para caminar, aunque no vea todo el camino”.

Con el tiempo, al mirar hacia atrás, descubrimos que Dios estuvo presente en lugares donde pensábamos que estábamos solas: en una decisión que parecía imposible de tomar, en una puerta que se cerró a tiempo, en una fuerza inesperada para enfrentar una noticia difícil, en una paz que no encajaba con las circunstancias. Esa mirada retrospectiva también fortalece la confianza: si Dios no se desentendió de mi pasado, ¿por qué habría de desentenderse de mi futuro?

El futuro seguirá teniendo zonas grises. No habrá manuales exactos para cada decisión, ni promesas de una vida sin sobresaltos. Pero cuando comprendemos que Dios ya ve lo que nosotras aún no vemos, que sus pensamientos hacia nosotras son de bien y no de mal, y que su presencia no depende de nuestras circunstancias, el miedo deja de ser dueño de la historia. Sigue existiendo, pero ya no manda.

La invitación es a caminar hacia adelante no como quien va a tientas en un corredor oscuro, sino como quien da pasos reales, con preguntas reales, pero apoyándose en un Dios que conoce el camino, cuida el proceso y no suelta la mano de quienes deciden confiar en Él. Ese Dios se ha mostrado de manera única en Jesús, que no huyó del dolor humano, sino que entró en él para mostrarnos que, incluso en los caminos más difíciles, no estamos solas.

Zaira Mora Blanco

Directora

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