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La antorcha que nadie puede apagar

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En setiembre, Costa Rica se llena de faroles. Los vemos en escuelas, aceras y en las manos de niños que caminan con sus familias, como parte de una tradición que recuerda nuestra independencia. Algunos son sencillos y otros elaborados, pero ninguno fue hecho para quedarse guardado, sino para dar luz.

Al verlos, podemos pensar en las mujeres que también tienen algo valioso que aportar, pero han aprendido a esconderlo. No siempre por falta de talento o de sueños. Algunas desean retomar sus estudios, iniciar un proyecto o volver a intentar algo, pero una voz interior se adelanta: “No puedes. No estás lista. No tienes suficiente. Hay otras más capaces. Ya es tarde para ti”.

Estas frases pueden nacer de críticas repetidas, experiencias que dejaron la sensación de no ser suficiente o límites reales, como la falta de experiencia y el cansancio. Reconocer los límites no es el problema; todas los tenemos. El problema comienza cuando un límite se convierte en una definición: pasamos de decir “todavía no sé cómo hacerlo” a concluir “yo no soy capaz”.

Entonces empezamos a escondernos. El escondite puede parecer prudencia: no enviar una solicitud porque creemos que no nos elegirán, o postergar un paso hasta sentir absoluta seguridad. Pero esa seguridad perfecta casi nunca llega, y el miedo termina decidiendo por nosotras.

Si aprendiste a protegerte después de una crítica, una pérdida, una experiencia dolorosa o una puerta cerrada, esconderte no siempre fue cobardía. Tal vez fue tu manera de sobrevivir. Pero lo que una vez te protegió no tiene que decidir para siempre el tamaño de tu vida.

Esconderse para sobrevivir no es una experiencia nueva. La Biblia narra la historia de Gedeón en un tiempo de miedo y opresión. Israel estaba bajo el dominio de los madianitas, que invadían sus tierras, arrasaban las cosechas y dejaban a las familias sin lo necesario. Por eso, muchas personas se refugiaban en cuevas y lugares protegidos. Gedeón trillaba trigo en un lagar para ocultarlo de los invasores.

Estaba haciendo lo posible por conservar lo poco que le quedaba. No buscaba convertirse en líder ni imaginaba que tendría una tarea importante. Sin embargo, Dios lo encontró en ese lugar de miedo y escasez, y lo llamó a participar en la liberación de su pueblo.

El mensajero del Señor le dijo: “Jehová está contigo, varón esforzado y valiente” (Jueces 6:12). Gedeón no se veía de esa manera. Se consideraba parte de un clan débil y el menor de su familia; no se sentía preparado para enfrentar lo que tenía delante.

Dios no le pidió fingir que sus circunstancias no existían ni le ofreció un discurso de autoayuda. Le prometió algo mejor: “Ciertamente yo estaré contigo” (Jueces 6:16).

Gedeón no fue llamado porque ya fuera seguro de sí mismo, sino acompañado en medio de sus dudas. Su esperanza no descansaba en reunir credenciales ni en dejar de sentir temor, sino en la presencia de Dios.

La fe cristiana no enseña que podemos lograr cualquier cosa que imaginemos. Reconoce heridas, dificultades y la necesidad de prepararnos y pedir apoyo. Pero afirma que nuestros límites no tienen la autoridad final para definir quiénes somos.

Más adelante, Dios reduce el ejército de Gedeón a solo trescientos hombres para que Israel no atribuyera su liberación a su propia fuerza: “No sea que se alabe Israel contra mí, diciendo: Mi mano me ha salvado” (Jueces 7:2). Gedeón y sus hombres debían obedecer y ocupar su lugar, pero la liberación mostraba que Dios obraba por su pueblo.

Aquella noche, los trescientos recibieron trompetas, cántaros vacíos y antorchas. A la señal, rompieron los cántaros, tocaron las trompetas y levantaron las luces. Sin convertir la escena en una alegoría, nos recuerda que el miedo puede cubrir nuestra voz y esperanza, pero no tiene la última palabra.

Dios no se acercó a Gedeón para avergonzarlo por estar escondido, sino para liberar a su pueblo e invitarlo a participar. No lo definió por el miedo o la escasez; lo llamó a caminar con Él.

La presencia de Dios no garantiza decisiones correctas. La fe no reemplaza la sabiduría, el consejo ni la responsabilidad de corregir el rumbo. Significa reconocer lo que no sabemos, buscar orientación y dar un paso responsable sin exigir garantías absolutas.

Tal vez hoy no necesitas resolver toda tu vida. Identifica la frase que el miedo repite y pregúntate si es un hecho o una conclusión aprendida. Luego da un paso pequeño y posible: pedir información, hablar con alguien de confianza o buscar apoyo seguro.

Y si no acostumbras orar, quizá puedas empezar con una frase honesta: “Dios, si estás ahí, acompáñame a mirar con verdad lo que temo, a reconocer lo que necesito y a dar el siguiente paso con sabiduría”.

La independencia celebra que un pueblo no fue creado para vivir bajo dominio ajeno. En esta semana de faroles, tal vez puedas reconocer qué voz ha tenido demasiado poder sobre tu vida: el miedo, la comparación, la necesidad de aprobación o el recuerdo de un fracaso.

Un farol no ilumina todo el país. Ilumina el espacio que tiene delante. Y esa luz puede ser suficiente para dar el siguiente paso.

Desde Alas de Fe queremos recordarte que Dios encontró a Gedeón en el lagar, donde se escondía, y puede encontrarte también en el lugar donde el miedo ha guardado tu voz, tus sueños o tu futuro. Su presencia no es una promesa de control absoluto ni una garantía de decisiones perfectas. Es una invitación a caminar con verdad, humildad y esperanza, y a descubrir, paso a paso, que sentirte insuficiente no tiene que ser el final de tu historia.

Zaira Mora Blanco

Directora

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