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Lo que olvidamos cuando crecemos

Young pretty girl blowing bubbles, walking in park at sunset.

¿En qué momento dejamos de saber recibir?

Quizá no ocurrió en un día. Ocurrió mientras crecíamos. Aprendimos a ser responsables, a resolver, a cumplir, a cuidar de otros y a levantarnos cuando las cosas no salían bien. Aprendimos a ser fuertes. Y, casi sin darnos cuenta, algunas aprendimos también que necesitar podía parecer debilidad, que pedir ayuda incomodaba y que era mejor demostrar que podíamos solas.

Por eso resulta tan reveladora una escena de los evangelios. Unos padres llevan a sus hijos hasta Jesús para que los toque y los bendiga, pero los discípulos intentan impedirlo. En aquella sociedad, los niños ocupaban una posición de dependencia y escaso reconocimiento social. Jesús, sin embargo, no considera que su presencia sea una interrupción. Marcos relata que se indignó ante la actitud de sus discípulos y dijo: “Dejen que los niños vengan a mí. ¡No los detengan!” (Marcos 10:13-14, NTV). Mateo y Lucas narran el mismo episodio (Mateo 19:13-15; Lucas 18:15-17).

Jesús no solamente defiende el derecho de aquellos niños a acercarse a Él. Hace de ellos el centro de una enseñanza sobre el Reino: quien no lo reciba como un niño, no puede entrar en él (Marcos 10:15; Lucas 18:17). No está afirmando que los niños sean moralmente perfectos ni que debamos imitar su inmadurez. La comparación apunta a la postura de quien recibe: alguien que no llega presentando méritos, poder o autosuficiencia, sino consciente de su necesidad y dispuesto a recibir.

Pero ¿qué significa recibir el Reino de Dios? En los evangelios, el Reino no se refiere simplemente a un lugar al que iremos algún día. Habla del gobierno de Dios: reconocerlo como Rey y permitir que su voluntad y sus valores comiencen a orientar nuestra manera de vivir. Recibirlo significa abrirnos a Dios, reconocer que no somos autosuficientes y disponernos a aprender de Él. En cierto sentido, se parece al proceso de un niño que crece: necesita ser guiado, aprende, pregunta, recibe dirección y poco a poco desarrolla la capacidad de vivir aquello que ha aprendido. La diferencia es que, frente a Dios, nunca dejamos de ser aprendices.

Por eso hay una diferencia entre madurez y autosuficiencia. Madurar no significa dejar de necesitar; significa reconocer que necesitamos sin sentir que eso disminuye nuestro valor. Y quizá ahí está uno de los mayores desafíos para quienes hemos aprendido a resolverlo casi todo: recibir el Reino implica reconocer que nuestra vida no tiene que sostenerse únicamente sobre nuestra capacidad, nuestro control o nuestros resultados. Jesús no nos invita a volvernos infantiles, sino a recuperar una disposición que el orgullo adulto puede hacernos perder: acercarnos con las manos abiertas.

La Biblia también nos muestra que Dios mira una vida antes de que pueda demostrar lo que llegará a ser. Samuel era todavía un niño cuando escuchó su nombre y necesitó que Elí lo ayudara a reconocer que Dios estaba llamándolo (1 Samuel 3:1-10). David ni siquiera fue considerado inicialmente cuando Samuel llegó buscando al futuro rey; estaba cuidando las ovejas. Pero Dios le recordó que Él no mira como mira el ser humano: nosotros vemos las apariencias, mientras Dios mira el corazón (1 Samuel 16:6-13).

Moisés comenzó su historia como un bebé indefenso, antes de convertirse en el hombre que Dios utilizaría para conducir a Israel fuera de Egipto (Éxodo 2:1-10; 3:1-12). Y Josías tenía apenas ocho años cuando comenzó a reinar (2 Reyes 22:1-2). Antes de que ellos pudieran demostrar quiénes llegarían a ser, Dios ya los veía.

Eso debería transformar nuestra manera de mirar a los niños. Un niño no es solamente sus calificaciones, su comportamiento, su rendimiento o la velocidad con la que aprende. Tampoco es la etiqueta que alguien le colocó. Antes de preguntarnos qué llegará a ser, necesitamos recordar quién es hoy: una persona creada por Dios, digna de ser escuchada, respetada y cuidada (Salmo 139:13-16).

Y quizá esta reflexión también tiene algo que decirnos a nosotras.

Antes de ser la mujer que hoy trabaja, lidera, emprende, cuida, organiza, resuelve y sostiene tantas cosas, también fuimos niñas. Una niña que necesitaba ser escuchada, sentirse segura y equivocarse sin pensar que había dejado de ser valiosa. Algunas recibimos mucho de eso. Otras aprendimos demasiado pronto a ser fuertes.

Pero Jesús nos recuerda que la vulnerabilidad nunca fue sinónimo de insignificancia.

Tal vez crecer no significa abandonar todo lo que fuimos. Tal vez significa conservar aquello que la vida adulta puede hacernos perder: la capacidad de asombrarnos, de preguntar, de confiar y de recibir. Incluso Jesús, durante su infancia, “crecía en sabiduría y en estatura” (Lucas 2:52, NTV). Crecer no significa dejar de aprender; significa avanzar en un proceso de formación.

Desde Alas de Fe queremos invitarte, en este Día del Niño, a mirar con nuevos ojos a los pequeños que Dios ha puesto cerca de ti, pero también a recordar con ternura a la niña que fuiste. No para vivir en el pasado, sino para recuperar una verdad que Jesús puso en el centro: no tienes que demostrar que eres suficiente para acercarte a Él.

Quizá hoy la pregunta no sea cuánto puedes hacer, cuánto puedes controlar o cuántas respuestas tienes, sino si todavía sabes recibir.

¿Qué parte de aquella niña que fuiste no necesita que la dejes atrás, sino que vuelvas a escuchar?

 

Guiselle Mora Blanco

Directora

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